martes, 18 de noviembre de 2008
lunes, 5 de mayo de 2008
Artículos
Ponzoñosas secreciones, enfermiza sociedad. Me da por culo el guasá. Sin olvidar la estrategia de comunicar acciones, somos animales en peligro de extinción. Volátiles, cobardes, aguas de superficie en peligro de extinción. Meros pulverizadores, ambientadores perfumados de la última traición. Cobardes de comité, ambiguos plagicidas de no se sabe dónde. DDT de la miseria, células de la traición. Causantes del cáncer social, energúmenos amargos, clientes del poder.
Lírica del campamento
©Rafael Hierro
Plaza tomada, frente a la lógica del ocioso apartamento con televisor. Trasladar la vida cotidiana de cada uno al centro de las plazas públicas, compartir los ideales y la lucha con sentido y razón.
Aún no amanece. Siento el sonido de la lluvia y observo las gotas de agua en los cristales de mi cómoda casa. Pienso en esos jóvenes. Pronto se iluminará el cielo. Es primavera y las plazas públicas están sembradas de florescencias humanas bajo tiendas de campaña, descansando, tomando fuerzas para continuar, mojándose.
Bajo plástico, desembuchando a gusto miles de historias, urdiendo estrategias para la lucha.También compartiendo intrascendencias, con una complicidad interior que les llevará a tratar "los temas" sutil e irónicamente, con sentido y razón.
Importante el fin: Lograr la autodirección del propio desarrollo.
Ayer me habló uno de ellos en la plaza pública:
"Prefiero esto al escepticismo, eclecticismo e individualismo reinante. Si lo tomas como hecho aislado, como flor de una noche, resulta desde luego risible; ahora bien, si lo consideras como forma de vida, por supuesto a un nivel menos expresivo, creo que es el camino."
Me dijo que tenía diecisiete años.

Tortum collum
©Rafa Hierro
El tortículis o cuello torcido es una actitud viciosa de
la cabeza y el cuello, tras una elongación exagerada
de éste por causa traumática o congénita.
Cuando esta patología es provocada por los patrones
de gusto y unívoca mirada hacia el Norte, algunos
bien posicionados en su sillón institucional suelen
padecer, además, la conocida diarrea academicista
o diárrhoia académicus.
Definitivamente
Hay una frase que no reconozco como propia. He despertado recitándola cual agónica e insistente letanía: Hay días que nos quedan anchos.
Hay días que nos quedan anchos como camisa prestada de algún hermano mayor.
Quizá son esos días sin nubes, donde la mirada se pierde y el espacio aparente es tan inmenso que nos sobra todo. Sobra el tiempo, la luz, el pensamiento...
De tamaño mayor del que uno necesita, hay días que nos quedan anchos.
¿Es razonable?, digo yo, poner cara de haberlo sabido antes y caminar dignamente con seis tallas más de las que marca la vida...
Definitivamente, hay días que nos quedan anchos. Son esos días en los que alguien te pide que le pagues el tiempo pasado, que le reintegres su amor perdido y, si es preciso, te hundas en el fango de las horas muertas con tal de que seas capaz de entregarle también tu tiempo.
Y es que hay días que nos quedan anchos.

Muertes ejemplares
Pocas dudas caben de que la gloria no nos espera. Tan cuidadosamente ha sido estructurado el tiempo útil que, a menos que el difunto lo halla solicitado previamente en sus últimas voluntades, o exista alguna remota tradición que así lo imponga, casi nadie es amortajado con su reloj en la muñeca. Sin embargo, a medida que se acerca la vejez al horizonte de nuestras vidas, estoy seguro, miramos mucho más el reloj y hasta escuchamos sus tic-tac a kilómetros de distancia.
He de confesar que, a mis 55 primaveras, me detengo cual urraca ante los escaparates de las relojerías para mirar las magníficas máquinas del tiempo que nos son ofertadas como auténticos signos de supremo prestigio, control y poder. Cual si fuéramos dueños de cada minuto y de cada segundo de nuestras vidas, cuando aceptamos la idea de adquirir un buen peluco y salimos del bazar luciéndolo en la muñeca, invertimos un tiempo infinito en mirar y remirar la fatídica esfera que, pegada a la piel, nos acompaña latiendo a ritmo desesperado, en loca competición con nuestros propios corazones.
Se habló mucho del carácter autobiográfico de los relojes. Este reloj me ha acompañado siempre, dicen algunos. Este Cauny lo llevó mi padre casi toda su vida, exclaman otros. Mi madre me ha dicho que, cuando ella muera, su reloj será mío. No sé si mi padre me dejará su reloj, dirán otros con preocupación infinita.
El surrealismo logró parir un ataúd con reloj carrillón incluído. Nosotros, los casi ancianos, ya no vivimos, soñamos la vida mirando al reloj como en una lenta y acompasada agonía. ¿Es esto lo que nos diferencia de los animales?
Si existiera o existiese una especie de taxidermia para los seres humanos, después de sacarnos las entrañas, disecarnos por completo y rellenarnos con pajullos cual espantapájaros, ¿Faltaría esa pieza?, ¿Nos representarían con el reloj puesto? Y siendo así, ¿Estaría el reloj en perfecto funcionamiento para concedernos el prurito de actualidad que quizá deba también reflejarse en nuestra mirada congelada?
Al margen de historias animales, muertes súbitas y extraños accidentes que acabarían por impedir una exacta sincronía con el tiempo que nos ha dado en medir sobre nuestra ya nívea piel, o piel de Nivea según sea el caso, por favor, dejemos de soñar con los quirófanos y disfrutemos la vida. Dejemos que los relojes mueran en los escaparates y en el más absoluto anonimato. Salgamos del armario del tiempo, no sé si llamarlo "almario".
En los mentideros urbanos se decía mucho que X navegaba sólo en Internet. Nada se pudo hacer tras su naufragio.
Había terminado una intensa jornada de huelga junto a cientos de compañeros y compañeras en reivindicación de mejoras sociales y salariales de nuestro sector. Al caer la tarde, aún se respiraba la tensión de la jornada y el cansancio era evidente. Fue entonces cuando una compañera y yo nos acercamos a la orilla de una playa. Mientras caminábamos hacia el lugar elegido ella me habló de la práctica del Tai-Chi. Una vez sentados en la arena ocurrió algo grandioso, una hermosa puesta de sol nos dejaba asombrados y perplejos. Recuerdo que ella se puso en pié y me invitó a seguirla; nos acercamos aún más a la orilla y allí comenzó a impartir su clase de Tai-Chi. Pasados unos minutos, mi mente y mi cuerpo casi estaban mimetizados con la atmósfera de aquella tarde, con la luz, con la inmensa belleza natural de la playa. Esos momentos, que agradecí a mi compañera, nos ayudaron a superar el desencanto que sentíamos por las escasas expectativas de éxito de nuestras reivindicaciones laborales, a pesar de la huelga.
Algo que se me quedó en la memoria desde aquel momento. Las técnicas orientales y aquella puesta de sol nos habían servido para aumentar nuestras fuerzas y eliminar la desgana del que se presiente derrotado. Nos ayudaría a emprender nuevos planes para luchar en pro de nuestros objetivos. Sentí que teníamos mucho que aprender de la interculturalidad, no sólo como herramienta que nos haría incansables desde la mente y la conciencia en nuestros anhelos como trabajadores, sino más ampliamente por la paz mundial.
“Nuestros científicos han creído, demasiado a menudo, que explicaban el mundo cuando lo que hacían era poblarlo de etiquetas. Nuestra moderna ciencia cognitiva sabe un 0,5 por ciento acerca del cerebro y la mente. La conciencia, a estas alturas, no es algo que se conozca, sino que se infiere a partir de la propia experiencia. Y no sabemos nada, realmente nada, de lo que más nos importa: las razones del sufrimiento y de la muerte.“ (1)
Puede que el budismo tibetano nos ayude a superar el desencanto, quizá una o mil puestas de sol, pero no lo considero suficiente. Estas prácticas más o menos contemplativas no cumplen la función de interruptor molecular en nuestros cerebros para desconectarnos totalmente de la realidad en una suerte de on-off.
No sería sano almacenar tanta basura como nos llega, como nos vierten encima, pero tampoco lo es cerrar los ojos para defendernos.
“El hipercosmos es el cielo de estrellas fijas ardientes, lo que para los gnósticos era Dios. Asimov lo llamaba antiuniverso y para los López, la gente de la calle, es la zarza ardiente. Es un universo disimétrico y convergente con éste. Es fuego y energía en estado puro. Einstein tenía razón. En su ecuación e = mc2 , explica que el límite de este universo es la luz. Todo volverá al fuego ordinario” (2)
Esa luz que nos viene, cuando cae la tarde sobre una playa tranquila y serena mientras un pez agoniza sobre la arena, no nos hará olvidar que sus branquias intentan realizar el último ejercicio de gimnasia para la supervivencia.
(1) Chantall Maillard
(2) Leopoldo María Panero
domingo, 9 de septiembre de 2007
EPEKEINA
Las nubes conocen nuestras pueriles miserias
y el oscuro invierno
Esperado calor de la mañana
se tú el incendio
*"Es una idea muy bonita la de mestizaje, globalización, movimiento, pero también hay que poner un poco en cuestión la retórica, entender que esas palabras esconden muchos dramas y también muchas trampas. Un ejemplo claro es cuando a veces las músicas pueden traspasar las fronteras pero en cambio los músicos no. Un caso muy claro que pasa en Marruecos con algunas orquestas... dejaron pasar los instrumentos en la frontera, pero no dejaron pasar a la gente... papeles, visas, los instrumentos sí. Sabes que el mestizaje es en una dirección pero es muy difícil que se de en la otra. Puede ser un camino interesante debatir sobre el sentido real después de las palabras. Hay una historia que tiene una parte divertida y otra tremenda."
* Manuel Rivas (Poeta y escritor)
* “Los “sin voz” tienen voz. Ellos tienen la voz más poderosa del mundo, por inesperada, por fuerte, por notable...esa es la voz que a mí me interesa. Y es la voz, que le debe interesar a muchísima gente. Todos tenemos una voz, pero ellos tienen una voz aún mucho más fuerte. Lo que pasa es que casi nunca tienen acceso a los periódicos, porque casi nunca se publican sus quejas, sus demandas”.
*Elena Poniatovska (Escritora)
* Manuel Rivas (Poeta y escritor)
* “Los “sin voz” tienen voz. Ellos tienen la voz más poderosa del mundo, por inesperada, por fuerte, por notable...esa es la voz que a mí me interesa. Y es la voz, que le debe interesar a muchísima gente. Todos tenemos una voz, pero ellos tienen una voz aún mucho más fuerte. Lo que pasa es que casi nunca tienen acceso a los periódicos, porque casi nunca se publican sus quejas, sus demandas”.
*Elena Poniatovska (Escritora)
sábado, 8 de septiembre de 2007
domingo, 24 de diciembre de 2006
Micro relatos
Con su propia maquinaria, agobiado por la ausencia de tinta, el impresor se machacó la sien.

La nube y el viento
Aprenderé a amar la lluvia -le dijo el viento a la nube.
Y ella le contestó:
Pues has de hacer como el lago.
©Rafael Hierro
Presentía que pronto iba a disponer de una nueva oportunidad. Por ambigua y compleja que ésta fuera, estaba allí, al otro lado de la ventana de su casa vacía.
© Rafael Hierro 2010
El perro y el perinquén
Tembloroso y aturdido, el perinquén acudió a la Plaza de Santa Ana para contarle sus miedos al perro.
-Estoy asustado con estas obras que parecen no acabar nunca -dijo suspirando.
No temas -respondió el perro. Quédate conmigo, yo te protegeré. Estoy aquí desde hace más de cien años y conozco tantas historias que ya no me asusta nada. Verás cómo esta tarde vienen los niños a jugar con nosotros.
-¿Niños? -preguntó el perinquén.
Fundido en negro
©Rafael Hierro 2010
La noche ardía en sus labios.
Persiguiendo la sombra de un sueño, Venus cabalgaba en el cielo.
No hubo otra oportunidad.

©Rafael Hierro 2010
La isla
Rafael Hierro
Soñé una isla, tan estrecha y alargada, que no existía Norte ni Sur. Justo en medio de la playa, la pequeña casa de madera de su único habitante. Sentado detrás de su mesa, tocado con sombrero de capitán, el viejo aduanero esperaba estampar su sello de caucho en el pasaporte de algún visitante.

©Rafael Hierro 2009
El poder de las turbinas
Rafael Hierro
"Y que [los indios] no pinten serpientes ni culebras".
(Religiosos Agustinos Anónimos)
A nueve mil metros de altura y a la nada despreciable velocidad de novecientos kilómetros por hora, sentado junto a mi ocasional y silencioso compañero de viaje, un anciano cubano que regresa a su país, con el que he podido compartir alguna cerveza y muy pocas palabras, tiene un aire facial a lo Ibrahim Ferrer que me trae al pensamiento una canción: Silencio.
Sin más ocupación que mirar hacia adelante, descubro los ojos felinos de la azafata y su flequillo prominente, que me traen aromas como de diosa egipcia. Quedo y pensativo, me pregunto si en realidad existieron tales deidades o si acaso andaban por las calles como si tal cosa. Me entrego a la idea de la belleza ancestral y siento ganas de lanzarme en paracaídas con esta diosa asalariada que me ofrece café. Saltaríamos juntos sobre la mismísima Alejandría, algo lejos de su pueblo, por evitar posibles conflictos con sus paisanos, que a buen seguro recelarían de mis oscuras intenciones.
Dos asientos más adelante se ubica una buscona. -Yo sé lo que me digo- le repite insistente al buscón que tiene a su lado, yo sé lo que me digo. Justo delante de mí, un bebé nórdico y la experta mano femenina que le acaricia el llanto. Todo lo demás fue tedio, café y nubes blancas.
La madrugada del día siguiente a mi llegada a La Habana, tumbado en la cama y sin poder conciliar el sueño a causa del cambio de meridiano, escucho por primera vez el sonido del tren que pasa muy cerca de mi residencia en El Vedado, invariablemente acompañado de los ladridos de un perro, a los que siguen inmediatamente los desgarrados cantos de un gallo.
Al amanecer, el ambiente correoso de las calles y los cables del tendido eléctrico se me antojan gusanos retorcidos y hasta culebras que agujerean las paredes tomando oscuros y subterráneos caminos. A esta sensación se une la voz de los primeros transeúntes y su dulce acento habanero.
Mientras apaciguo mi sed sentado una terraza con una Bucanero bien fresquita, reflexiono acerca de la privilegiada terraza al mundo desde la que pude haber disfrutado a no ser por la incómoda interferencia del ala del avión que me impidió ver con claridad las anegadas tierras de Nassau. Recordé entonces el momento en que sobrevolamos la isla de Cuba. Al fin La Habana, como una herida en el mar, surgida del mismo océano que unas veces la mima y otras la castiga. Vuelvo a pensar en la herida del tiempo y una lágrima se asoma a mis ojos como presagio de fuerte tormenta.
"Dadme unas ruedas de carro, unas riendas de curtida piel y un plomizo cielo presagio de fuerte tormenta" ... Jethro Tull.
Los hablarines, pronunciadores de ecos, ironías y metáforas escondidas en verso ágil, cantarín, extrovertido y buscador de cómplices miradas ajenas más que de respuestas. Esos hombres y mujeres plantean relatos y los expresan con ojos encendidos, asombrados. Sin embargo, la ternura y la alegría triunfan con la música y el canto dulce que escucho en calles y plazas de La Habana Vieja:
BESO DISCRETO
Miguel Matamoros
Una niña enamorada al novio con ilusión
Le dice muy apurada
Bésame en este rincón
Y el novio le dice espera, caramba
Deja que pase la gente
Que miradas callejeras
Son miradas imprudentes
Que miradas callejeras, mamá
Son miradas imprudentes
Como quieres que te bese mi amor
Si la gente está mirando de allí
Esperemos un momento mejor
Que quiero besarte así
El improvisado interruptor del ventilador del techo de mi habitación parece ahora invitarme a tirar con fuerza de él. No tiene el poder de las turbinas del Airbus, por lo que desisto de la inútil tarea y recuerdo de nuevo a Ferrer:
Silencio
Ibrahim Ferrer
Duermen en mi jardin
las blancas azucenas, los nardos y las rosas
mi alma, muy triste y pesarosa
a las flores quiere ocultar su amargo dolor
Yo no quiero que las flores sepan
los tormentos que me da la vida
si supieran lo que estoy sufriendo
por mis penas llorarian tambien
(chorus)
Silencio que estan durmiendo
los nardos y las azucenas
no quiero que sepan mis penas
porque si me ven llorando moriran
La visita al Museo de Arte Contemporáneo de Cuba, y la obra de Rubén Torres Llorca, excitan considerablemente mi alma viajera:
Tu conoces qué caminos puedes
Tu conoces la humillación
Tu conoces el más íntimo deseo
Da tres golpes para activar la obra,
mírame como si te conocieras
Tu conoces el deterioro y la mediocridad
Tu te cuidas de las rejas y las puertas
Tu conoces el límite y la frontera
Tu conoces el principio y el fin
Tu conoces el poder y su uso
Tu conoces a los iguales y desiguales
Tu conoces el esfuerzo y el valor,
la voluntad y la cólera
Tu conoces las más ridícula tortura
Tu conoces la mentira propia y ajena
Tu conoces el calor diario de la batalla
Tu conoces la espera, la paciencia, el tedio
En ti se tocan los mares y las orillas
Tu conoces la pareja, la doble existencia
Tu conoces el valor de los alimentos
Tu conoces la ira aprendida
El odio condicionado
Tu conoces el rostro extraño de la sexualidad
Tu conoces el miedo a la vejez y la amputación
Tu conoces la fortaleza, la casa, el refugio
Tu conoces la esperanza
Tu conoces el ego
Tu sabes qué perro lame, cual ladra, cual miente
Toca la campana, es tu oportunidad de ser escuchado
Más tarde encontré estas palabras como título de una obra de Ramos Lorenzo:
"La maldita circunstancia del agua por todas partes".
Y descubro al poeta que las escribió: *Virgilio Piñera
*Nació en Cárdenas, Cuba, en 1912, y murió en La Habana en 1979, completamente ninguneado por el aparato castrista por marica y poco revolucionario, para resumir. Más conocido por su narrativa y su teatro, y por su participación en la traducción argentina del Ferdydurke de Gombrowicz, Piñera se consideró a sí mismo un poeta ocasional; sin embargo, su obra poética es escasa unicamente en cantidad, como lo prueba este poema "La isla en peso" publicado en 1942 a modo de plaqueta. En vida sólo llegó a ver editado un volumen de poesía: La vida entera (1969); posteriormente apareció Una broma colosal (1988) y La isla en peso (1998), que recoge los dos anteriores más poemas dispersos. (Para mayor información ver el dossier especial dedicado a Piñera por Diario de Poesía en su edición N° 51, primavera de 1999.)
La isla en peso (fragmento)
Virgilio Piñera
La maldita circunstancia del agua por todas partes
me obliga a sentarme en la mesa del café.
Si no pensara que el agua me rodea como un cáncer
hubiera podido dormir a pierna suelta.
Mientras los muchachos se despojaban de sus ropas para nadar
doce personas morían en un cuarto por compresión.
Cuando a la madrugada la pordiosera resbala en el agua
en el preciso momento en que se lava uno de sus pezones,
me acostumbro al hedor del puerto,
me acostumbro a la misma mujer que invariablemente masturba,
noche a noche, al soldado de guardia en medio del sueño de los peces.
Una taza de café no puede alejar mi idea fija,
en otro tiempo yo vivía adánicamente.
¿Qué trajo la metamorfosis?
La eterna miseria que es el acto de recordar.
Si tú pudieras formar de nuevo aquellas combinaciones,
devolviéndome el país sin el agua,
me la bebería toda para escupir al cielo.
Pero he visto la música detenida en las caderas,
he visto a las negras bailando con vasos de ron en sus cabezas.
Hay que saltar del lecho con la firme convicción
de que tus dientes han crecido,
de que tu corazón te saldrá por la boca.
Aún flota en los arrecifes el uniforme del marinero ahogado.
Hay que saltar del lecho y buscar la vena mayor del mar para desangrarlo.
Me he puesto a pescar esponjas frenéticamente,
esos seres milagrosos que pueden desalojar hasta la última gota de agua
y vivir secamente.
...
(1943)
Vuelvo a sentarme en una terraza y observo a una mujer que está acompañada de otra, ella me mira con gesto que se me antoja lascivo, abro mi cuaderno y escribo:
Ahora, aquí, el tatuaje gótico en el límite de tu espalda, tus nalgas como frontera, tu ser fatal de mujer amapola, morena, y a todas luces, lésbica.
Tú, Macorina, Petra, Helíada, o cualquier otro nombre, Helena, quizá Macumba, ninguna María, toda hembra. Tú que fumas tabaco habano, tú y tu compañera, mujer total... y esta súbita actuación.
Ambas mujeres se pusieron en pie y bailaron juntas una canción que sonó en la terraza cubierta del bar:
Pa´gozar
bailar suavito
este son
muy sabrosito
...
De pronto la excitación del momento me lleva a escribir como un enloquecido:
Rumor de aguas secretas
cantos de ventilador
Del museo tomo la vida
como el buitre en la osamenta
despelleja su alimento
hasta el último rincón
Y esta ola repetida,
copia desesperación.
¡Ah! Mojiganga desnuda
Iré a donde esté mi sombrero
y besaré tus labios de luces
y tu fruta caribeña
Te cambiaré las flores
por lápices de colores.
Mientras mi último cigarrillo se consume en el cenicero sobre la mesa, me alejo perdiéndome en la multitud de las calles de La Habana.
©Rafael Hierro 2008
©Rafael Hierro 2008
Paisaje con bruma
A primera hora de la mañana, después del primer café, encendía su primer cigarrillo del día. Luego se quedaba de pie en el salón de la casa, observando el extraño ambiente boscoso representado en la vieja fotografía que había comprado años atrás en un rastro de feria.
Traspasando con la mirada aquella especie de ventana al exterior que configuraba el desvaído paisaje y como queriendo completar la brumosa escena con el humo del tabaco, se sentaba a escribir breves historias que acontecían irremediablemente dentro de la foto, tal como a veces parece ocurrir la Historia en el interior de los libros.
©Rafael Hierro 2008
La mujer giróscopo y el pescador
La mujer giróscopo, que entre otras cosas también podía ser sirena, luz amarilla, manzana mordida y piano de cola, comenzó a desperezarse de su prolongado letargo primaveral en las orillas de la Isla Desconocida. Habitualmente escondida en las profundidades marinas, arribó en aquella solitaria playa donde con escaso éxito se había puesto a la labor de ensayar su nuevo aspecto de negra y brillante roca basáltica. Emitiendo desgarradores aullidos de perra en celo, seguidos de lastimeros cantos de sirena capaces de estremecer de modo horripilante a cualquier ser vivo, había decidido anunciar su presencia ante aquella hermosa mañana que comenzaba a resplandecer en toda su plenitud.
No sin cierto desprecio, la mujer roca basáltica continuó bostezando largamente mientras retiraba crustáceos y otros animalillos marinos que se habían adherido a su pétrea epidermis en busca de alimento, protección y cobijo.
Estos bichos pican y le chupan a una la sangre -exclamó malhumorada-
Resueltamente molesta e inquieta, finalmente logró ponerse en pié y salir del mar estirando los brazos y emitiendo nuevos y ruidosos bostezos que no tardaron en ser escuchados por un apuesto mariscador que se acercaba a aquella orilla, justo en dirección al lugar donde ella estaba.
La mujer roca se percató inmediatamente de la presencia del pescador y decidió mutar a su ser sirena con la intención de escapar a nado. Así que se dejó caer lentamente sobre la arena donde quedó tumbada, mientras miraba con el rabillo del ojo la trayectoria del recién llegado.
Cuando el hombre llegó a su vera, se mostró tan perplejo y preocupado que inmediatamente comenzó a tratar de reanimarla, sin percatarse de que bajo el largo vestido de basalto negro se escondía la cola de una sirena, una manzana mordida, la mujer giróscopo, la luz amarilla y un piano de cola.
Transcurrieron algunos minutos en absoluto silencio, únicamente interrumpido por el suave rumor de las olas. De pronto ella notó que algo se movía despacio y suavemente a lo largo de su espalda. Una acariciante sensación la invadió, mientras todos los puntos sensibles de su cuerpo comenzaron a ser estimulados a un tiempo. El inmenso placer que llegó a sentir le hizo cerrar momentáneamente los ojos. Fue entonces cuando el pescador acercó sus labios al lóbulo de la oreja izquierda de la mujer de basalto y susurró estas palabras:
-Maríscote todiña-
La mujer sirena se hizo luz amarilla, mordió una vez más su cuerpo de manzana, trató de arrastrar sus dos colas, la de piano y la de sirena. Intentó desesperadamente escapar girando sobre sí misma y accionó todas las piezas de su ser giróscopo... Pero ya todo esfuerzo resultaba inútil, pues estaba siendo tomada tierna y suavemente por el apuesto hombre araña de mar, cuya mayor ilusión no fue nunca otra que rendir de amor a una roca basáltica plagada de diminutos y sabrosos animalillos marinos.
Jardín secreto
El viejo jardinero despertó muy temprano. Un inusitado y enérgico movimiento de piernas logró hacerle saltar de las irrecuperables horas de vigilia al cuarto de baño, donde lavó su cara con abundante agua. Por unos instantes detuvo la mirada en el espejo y observó sus ojos vidriosos, mientras múltiples gotas recorrían los surcos de un rostro de piel de ceniza y caudalosos barrancos. En el temor de las sombras nocturnas había considerado revisar los errores del pasado y, de ese modo, abreviar la distancia entre su inquieta esperanza y un ansiado renacer en el límite del bosque.
Cualquier mínimo avance en su particular metamorfosis se convertiría en grandiosa y feliz noticia para el nuevo proyecto de vida…
Comenzó por descubrir su jardín secreto:
A lo largo de los años había realizado incontables experimentos; los más exitosos, según su criterio, acabaron siendo situados en el pequeño invernadero que poseía en la parte de atrás de la casa. Mediante extraños injertos y forzadas simbiosis se había propuesto unir distintos tipos de flores y plantas en una especie de red kármica. Las complejas anotaciones, que con absoluto detalle escribía en su cuaderno de trabajo, configuraban un horripilante herbario mezcla de ciencia-ficción y tratado sobre botánica.
Esa misma mañana llamó a la policía y se acusó de haber abierto, sin permiso, el corazón de las flores.
Cambio al rojo
Atacando al plasma con láser quizá podamos conseguir detener el reloj y curar la herida del tiempo, al menos en las catequesis dominicales, aunque puede que el tiempo dure para siempre y la herida nunca desaparezca.
Nueva técnica universal
Una pequeña mancha en la nebulosa de Andrómeda me inspiró hace un millón de años luz. Desde entonces me dedico a la industria del amanecer. Ahora fabrico papel higiénico con partículas ligeras de baja energía, ideales para el tratamiento de hemorroides sangrantes y otras heridas de guerra.
Juan nunca
La mujer de Juan disponía de una especial habilidad para modificar a su antojo y conveniencia los detalles de su realidad: Me vas a perdonar -solía exclamar como introducción a las dudosas revelaciones de las que hacía gala.
Su voz de pito, unida al afán noticiero que solía llevar implícito, era bien conocida por el núcleo de sus amistades. A sus enemigas potenciales dedicaba la más punzante daga dialéctica precedida de un “No sé si me explico”. Con especial sutileza y mala baba, solía utilizar su frase favorita para tratar de hundirles la moral a las amigas menos dóciles ante sus caprichos:
-No sé si me explico, me vais a perdonar, pero a mí Juan nunca me haría eso.
Chicas, me vais a perdonar, pero mi pelo sí que es rojo-rojo. Mi casa sí que es grande-grande, qué digo grande, es enorme, me vais a perdonar. La fruta que yo compro, no sé si me explico, me la traen a casa y es ecológica cien por cien. Eso sí, es mucho más cara; pero chicas, me vais a perdonar, la salud es lo primero. Juan nunca me come otra cosa.
La rúbrica
Conocí a un señor de edad avanzada que, a la hora de firmar dibujaba un paisaje. Dos montañas, un par de nubes y un árbol en poco más de tres centímetros. Me aseguró que lo venía haciendo durante muchos años y que, lógicamente, a veces se posaba un pájaro en el árbol. Cuando firmaba en invierno dibujaba algunas gotas de lluvia. Siempre se tomaba su tiempo para estampar su poética rúbrica.
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